Wall·e: la venganza de los clásicos

“Son los dos únicos espíritus libres en un mundo de autómatas. Somos niños sin sentido alguno de la responsabilidad, mientras el resto del mundo se hunde bajo el peso del deber. Somos espiritualmente libres”, Charles Chaplin escribió, respecto a los dos protagonistas de Tiempos Modernos. La genial película de 1936, última aparición cinematográfica de ese universal vagabundo conocido como Charlot o The Tramp, fue además la última gran llamarada de un género que, desde hace casi un siglo, permanece durmiente, como una débil brasa más en la parrilla del cine actual, sobrealimentada de hamburguesas y perritos calientes.

El idioma universal de la pantomima se había extendido hasta entonces sin barreras a lo largo y ancho del mundo conocido (y seguro que del otro también). Charles Chaplin, Buster Keaton o Harold Lloyd repartían risas y aplausos a una cantidad tan monstruosa de gente que la llegada del cine sonoro provocó en estos artistas un profundo vértigo. Aunque parezca irónico, añadir diálogos a sus películas limitaba sus posibilidades (al menos geográficamente…). Pocos sobrevivieron al cambio. Los que tuvieron suerte, acabaron como uno más entre  la montaña de nuevas de estrellas que surgiría, perdiendo sin remedio la esencia que los hizo grandes.

Sin embargo, la brasa de la pantomima no murió allí. Algunos de los que subieron al nuevo tren siguieron soplando sobre ella con la suficiente frecuencia para hacer que siguiera viva, como una vieja canción que vuelve a escucharse solo una vez cada cierto tiempo. Con la ayuda de unos pocos artistas (que van desde los Hermanos Marx hasta Mr. Bean, pasando por genios cercanos como El Tricile), la mímica ha permanecido guardándose en preciosas botellitas de cristal como el destilado más puro del arte de la comedia, con apenas algún fulgor ocasional que servía para recordarnos su existencia.

Y mientras tanto, el cine evoluciona. Las películas mueven tanto dinero que el concepto artístico se ha enterrado entre la maraña industrial y comercial de este negocio recubierto de corrección política, convirtiéndose en un riesgo que a veces es mejor no asumir. La viabilidad de una película se mide como el número de explosiones por el número de cadáveres dividido por pi… y la palabra soñar está simplemente desprestigiada (hasta al bueno de Harry Potter se le empiezan a hinchar las narices: más información en sobre este punto en “El Héroe Cabreao”).

Y en este extraño y frío momento cultural del ser humano, una película viene para restaurar el hechizo. Bajo el disfraz de la factoría Disney-Pixar, se esconde una joya que aúna lo mejor del cine ayer y de hoy en una producción que rompe muchas de las normas de conducta que la industria ha tenido a bien imponer a lo largo de las últimas décadas.

La primera y principal es su deliberado y valiente retorno a la pureza de los primeros días del séptimo arte, a ese lenguaje primigenio en el que el gesto vale más que mil páginas colmadas de diálogos y chistes fáciles. El hecho de que toda esta magna tarea se haya llevado a cabo gracias a los millones de cálculos por segundo que realizan los más modernos procesadores de imágenes, sirve para oficiar la unión entre el más antiguo de los artes escénicos y la más avanzada de las técnicas cinematográficas.

Cubierto con creces el presupuesto con el que fue realizada, y cumpliendo por tanto las exigencias comerciales de la implacable industria de Hollywood, esta producción ha invertido en la artesana tarea de redondear el simbolismo gestual de sus personajes, tanto o más tiempo que en crear sus espectaculares escenarios espaciales. Y este es el detalle que la cubre de grandeza. Esta es la verdadera venganza de los clásicos, la de aquellos que se extinguieron como una llama bajo la lluvia de la modernidad. El retorno a la simplicidad, de la mano de dos personajes unidos por un descubrimiento mutuo y del mundo, que termina abriendo la puerta de lo que son ellos mismos.

Si buceamos por entre los estrenos de los últimos, digamos, cinco años, creo que esta película sería la única que haría disfrutar de verdad al genuino Chaplin en su butaca (y me disculpen los más puristas, sé que es fácil hablar de los que no están). Creo que si todos aquellos genios del mimo, que hicieron vibrar al mundo entero con sus creaciones, supieran de la evolución del cine en los últimos años, aplaudirían con emoción infantil la extraordinaria y valiente apuesta que ha resultado ser Wall•e.


Enlaces de interés:

- Sobre Charlie Chaplin:

- Sobre Harold Lloyd:

- Sobre Buster Keaton:

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3 Responses to “Wall·e: la venganza de los clásicos”


  1. 1 kolinazo 21 agosto 2008 en 9:35 pm

    Gracias por la visita y el comentario! Definitivamente creo que para nosotros los cinefilos, la conexion entre wall-e y chaplin es casi instintiva, desde los primeros minutos en que vemos el personaje en pantalla algo adentro de nosotros grita: ¡ay guey, es Charlot! Felicidades por el blog!

  2. 2 kolinazo 21 agosto 2008 en 9:52 pm

    ah, y tambien proporciona ecos de Chaplin el hecho de que, a pesar de ser una comedia, la pelicula realmente constituya un estudio sociologico y psicologico bastante completo (como toda buena cinta chaplinesca)

  3. 3 crazycris 30 agosto 2008 en 10:44 am

    si, muy bueno para tus lectores cinéfilos… pero para los que no los son no les has aportado muchos más datos de la peli que en tu primer artículo (y eso tras verlo 2 veces)! simplemente les vuelves a instar a verla… ya, pues si no te conocen bien se fiarán de tus gustos? que a veces son un poco raros… ;o)

    yo tb caí bajo su encanto al verlo… pero me reservo una opinión más elaborada al dejar pasar cierto tiempo y volverlo a ver… que igual me quedé amaravillada con lo “bonito” y “original” de Nemo y Ratatouille… pero al visionarlas por segunda vez encontré las historias demasiadas… bof! carentes de interés… maravillas técnicas que una vez admiradas les faltaba algo de alma, el primero por ser muy unidimensional, el segundo por ser un video-juego en forma de película.


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