El terrorista, de nombre y procedencia impronunciables, suelta una carcajada malévola y la chica, de nombre y procedencia mucho más cómodos y familiares agacha la cabeza, temerosilla. Un hilo de sangre escapa de la comisura de sus labios. El villano muestra en su risa ese toque de locura inhumana, esa mirada de serpiente mitológica que lo convierte en cosa y que hará que al final, cuando salte por los aires en mil pedazos (o en dos mil, depende del presupuesto), nos inunde una sensación de cálido alivio, como al triunfar en el váter (más información sobre esto en “La Publicidad…“).
Y llega el momento. El clímax, la ensalada de tortas. El Héroe entra en la estancia con gesto duro. Está cansado, sudoroso, y sobre todo muy cabreao.

