La Publicidad (y la madre que la p…)

¿Quién no comprar�a algo con tan sabroso nombre?

Capítulo 1.

El Laxante

La escena es la siguiente: dos mujeres jóvenes pero probablemente casadas o en proceso, rostro atractivo y una talla inferior a la treinta; vestidas de verano, informal pero con exquisito gusto. Conversan amigablemente en un luminoso y agradable establecimiento, al más puro estilo “Mujeres Desesperadas”. Transcribo la conversación:

“Chica, últimamente no sé como quitarme los quilos de más”, dice la primera señalando los huesos pelados que asoman por sus caderas. Uno piensa que los quilos deben ser de maquillaje.

“Sé a lo que te refieres”, responde la otra. “Antes yo llegué a pesar hasta treinta y tres quilos, pero por fortuna descubrí el milagro del laxante.”

“¿El laxante?” La primera chica se inclina hacia su compañera con dulzona curiosidad. “Así que ése es tu secreto para estar siempre estupenda…”

“Pues sí, cariño”. La expresión de la segunda es de una sabiduría tan serena, de una condescendencia tal, que el espectador/a se atiza con el mando a distancia por no haberlo sabido antes. “Estudios demuestran que dos pastillas de laxante al día te ayudan a eliminar mejor lo que te sobra”. Obviamente, debe seguir tratándose del maquillaje.

“Ja”, concluye la primera. “Ahora nada podrá impedir que luzca mis vértebras este verano”.

Y la cosa termina más o menos ahí. Te repiten un par de veces el nombre del producto y pasamos al siguiente anuncio, que curiosamente protagonizan otro par de chicas que deben compartir parentesco con las primeras, ya que a simple vista comprobamos una correlación en el ángulo con que las costillas se empotran en el esternón.

De todas las cosas de este mundo que con alegría prendería en llamas, la publicidad está en un puesto preferente. Existen muchas razones para ello, pero podría resumirlas diciendo que ha conseguido socializar la mentira como una forma de proceder no sólo lícita, sino deseable.

Gracias a la bendita publicidad, que lleva golpeándonos durante décadas con sus lacerantes eslóganes, cancioncillas y ejemplos inventados, el llano embuste pasó hace mucho tiempo de irrevocable prohibición divina a una suerte de arma blanca simpática, que pasa como un vaso de zumo por la garganta de la parte más idiota de nuestra sociedad: nosotros.

Muchas son las banderas que ondean del lado de los que defienden este modelo de sociedad consumista y febril: dicen que la publicidad, y por tanto la venta, son la base del éxito de miles de empresas que consiguen dar trabajo a otros tantos millones de personas; es, además, la que sostiene a todos los medios de comunicación privados o públicos (no creo que los anuncios en tve cumplan una función social), incidiendo de nuevo en el desarrollo de la cultura audiovisual y de sus profesionales; también, la creciente y feroz competencia en el mundo de los negocios de venta, obliga a los empresarios a invertir indecentes sumas en publicitar y posicionar sus productos… y así hasta hartarnos. Es obvio que a los operarios de cualquier fábrica que se precie les dará tres cuartos de lo mismo que sus directivos pongan en marcha la más agresiva de las campañas, si ello incide en el buen funcionamiento de la maquinaria empresarial y de sus empleos.

Sin embargo, y no pretendo hacer una comparación directa, el empleo de los funcionarios que trabajan en los “corredores de la muerte” de Estados Unidos no justificaría en modo alguno la pena de muerte. De todas las tonterías que he tenido el placer de escuchar en boca del (musculoso, eso sí) gobernador de California, se llevaría la palma cualquiera del estilo: “no poderr abolirr pena de muerte… ¿qué hacerrr entonces con pobres y musculosos funcionarrios?” Ya, golpe tonto, pero no me negaréis que el tipo está fuerte, fuerte.

Con esta estupidez sólo pretendo, de una manera rápida y poco fiable, quitarme de encima el polvillo de estar criticando algo que, como todo, seguro que tiene su lado positivo. Y ahora, al tajo.

Pongamos un ejemplo práctico y totalmente irreal (como la vida misma). Cuando una empresa decide comenzar su campaña publicitaria, una de las primeras cosas que enseñan en las escuelas de marketing es que debe “crear demanda”. Es simple: yo vendo algo y debo hacer que la gente lo compre. Y si puede ser, que lo necesite. Y si consigo que no pueda vivir sin ello entonces ya me hago de oro (¡válgame el cielo!).

Supongo que si uno comercia un género con cierta necesidad implícita, como alimentos básicos, energía, etc… no tendrá grandes problemas para encontrar la demanda deseada. ¡Pero resulta que un servidor vende laxantes! ¡Desolación! ¡Mis potenciales clientes se limitan a aquellos con un severo cuadro de estreñimiento! ¿Qué puedo hacer? Como empresario responsable que soy por la venta de un medicamento, lo primero es consultar al especialista: el publicista. Éste me dirá que hay que vender como sea, cosa que ya sé, pero él lo repite una y otra vez con tal gracioso e hipnótico movimiento de manos que, finalmente, me obligará a gritarle con firmeza: “¡Deme tres!”, mientras levanto un billete de cincuenta.

“No, no. Usted es el dueño, los tiene a mitad de precio.”

Es cierto, qué alivio. Pasado el bache, y demostrado que no puedo vivir sin la campaña de publicidad que este gracioso tipo de sonrisa esmerilada pretende venderme, perdón, ofrecerme, pasamos al turno de preguntas:

“¿Para qué sirve su producto?”

“Para ayudar en la descarga.”

“¿Cómo… a los descargadores del puerto?”

“Bueno, a los descargadores del puerto y a cualquiera que tenga problemas para ir al baño.”

“Entiendo… sirve para hacer caca.”

“Correcto. Alivia el estreñimiento e irregularidad ocasional, produciendo estimulación del intestino grueso…”

“Sí, sí, vale. ¿Quién puede tomarlo?”

“Bueno, está indicado para tratar problemas de estreñimiento…”

“No le pregunto quién debe tomarlo, sino quién puede.”

“Pues… menos en caso de embarazo o hipersensibilidad…”

“Todo el mundo, perfecto.”

Hemos llegado a la primera conclusión importante: todo el mundo puede usar nuestro laxante. A partir de aquí, la consecuencia es lógica: debemos hacer entender a todo el mundo la urgente necesidad que tiene de nuestro producto. ¿Cómo? Fácil, asegura el jovial publicista: convenceremos a la gente de que debe hacer más caca.

Y así empieza todo. El publicista nos advierte de que no es un proceso fácil. Re-educar a la población sobre algo como esto requiere tiempo, constancia, dinero y puede que también cierta falta de escrúpulos humanos de los que, según él, no debo preocuparme porque ya lo hace él. Suena bien, así que manos a la obra.

Lo más eficaz son los estudios “científicos”. No hay nada que penetre mejor en nuestro baúl mental de verdades irrefutables que los estudios científicos.

Así que decidimos pagar a una nutricionista que está casada con un biólogo que firmará un estudio sobre la fauna meso-litoral del Mediterráneo y que añadirá a su larga lista de conclusiones contrastadas una oportuna reseña final sobre cómo la envidiable salud intestinal de los peces se debe a que evacuan con frecuencia. De ahí a concluir categóricamente que no se puede vivir sin embutirse el cuerpo con laxantes hay un pequeño paso, que con el pertinente cheque se supera sin problemas.

Programas titulados “Crono-Salud” o “Flash-Intestino Grueso” indicarán sin titubear que “estudios demuestran” que se debe uno aliviar cuantas más veces mejor, donde sea, cuando sea, sin avergonzarse ni esconder las deseadas evacuaciones. Hay que eliminar cuanto antes lo que nos sobra para conseguir la figura que anhelamos. Por lo tanto, cada vez que vas y aprietas con resultado, estás más cerca del éxito personal.

Pero claro, la simpática estafa informativa nunca será demasiado explícita. Los informes científicos se probarán siempre tan obvios como inútiles si uno se toma la molestia de sumar correctamente las palabras: “Estudios científicos demuestran que el uso de productos laxantes naturales puede ayudar a una mayor evacuación”. Qué elegancia, qué finura. A quién le importa que no signifique nada. Y si se malinterpreta o se hace un uso inadecuado de esta información, la culpa es del idiota del consumidor, a mí que me registren. La verdadera clave está en que, a mitad del anuncio, una voz segura y fiable repita estas tres palabras: “estudios científicos demuestran”. El resto importa poco. Creo que en el próximo spot ni siquiera nos hará falta el doctor: “estudios científicos demuestran que el agua de mar en la Costa Brava moja también en invierno.” Y a vender.

El caso es que una vez comenzado, no se puede parar. Todo lo que pueda ser relacionado, aun de la manera más remota, con nuestro laxante, será blanco del ataque publicitario: alentaremos a la industria del váter para que diseñe lugares más confortables donde separar las nalgas, y los llamaremos “refreshing”, como alternativa socialmente aceptable al clásico y sin glamour “me voy a plantar un pino”; construiremos el barco de vela más rápido de toda la Copa América, para poder decir que se desliza suave y rápidamente, como en un colon bien engrasado; colaboraremos con la administración en la elaboración del programa educativo “Tú y tu caca”, donde los profesores podrán explicar a los niños por qué es mejor evacuar en treinta cómodas cuotas en vez de en una o dos diarias; crearemos el “Laxo-Junior” para que los niños menores de cuatro años no pierdan la oportunidad de empezar cuanto antes; patrocinaremos el concurso nacional de natillas de chocolate… lo que sea.

En algún momento del proceso, un profesor de no-sé-qué universidad advertirá en una carta al director de no-sé-qué periódico de que el uso indiscriminado de laxantes puede ser extremadamente perjudicial… ¿Pero qué puede hacer un solo tipo con bata blanca y gafas contra toda nuestra maquinaria comunicativa disparando a la vez miles de salvas multicolores? Auguro que poco. Y en breve, la hija adolescente del científico andará por ahí tildando a su padre de “pringao amargado” porque no quiere dejarla tomar laxantes cuando todo el mundo sabe que, científicamente, molan mazo.

Para cuando la administración comience a tomar cartas en el asunto, su consumo estará tan generalizado que lo único que podrán hacer será retirar del mercado las Laxo-Piruletas, para que los niños no se hagan daño con el palo.

El plazo de plena re-educación varía. Pero el simpático publicista me augura que, si dejo en sus manos la cuenta de mi empresa, convertirá pronto a los españoles en aspersores ambulantes. Nadaremos en dinero. Y en mierda también, pero con la pasta que voy a sacar pienso comprarme una barca neumática y que me quiten lo bailao.

¿Alguna pregunta? Pues al de la bata blanca y las gafas, yo estoy de pesca.

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3 Responses to “La Publicidad (y la madre que la p…)”


  1. 1 crazycris 30 junio 2008 en 5:24 pm

    Como una “bata blanca” protesto vehemente de parte de los míos!!!

    Peor aún que el bombardeo publicitario en la TV (que se puede evitar haciendo “zapping” con esa maravilla de la tecnología moderna llamado el mando a distancia), peor que eso es la publicidad “escondida” (y a vece no tanto) en lo que vemos durante los programas! Las mentes impresionables no se fijan tanto en los personajes de los anuncios para imitarlos, como en los que ven en las pantallas grandes y chicas, en pelis y series TV… It’s much more insidious.

  2. 2 elguionistadespistao 30 junio 2008 en 6:27 pm

    Totalmente deacuerdo, querida Crazy. A ese tema habrá que darle otro día su propio post… y como siempre, se admiten sugerencias.
    Un abrazo.


  1. 1 El héroe cabreao « El Guionista Despistao Trackback en 25 julio 2008 en 8:06 pm

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