Ravel: los últimos días del genio.

“Afuera, la lluvia. Un cielo gris, pesado. El pavimento mojado y un clamor de gotas de agua que lo envuelve todo. En la ventana, el viejo, su rostro anguloso y sus manos grandes, sujetando un pitillo mientras mira a la calle vacía. Y en su cabeza, música. Melodías que se elevan hacia el cielo gris, pesado, y le dan color, volumen. Melodías que acompañan el lamento de cada gota de lluvia. Melodías que abrazan el alma, que aman la tormenta como aman cada segundo de cada vida.

La lluvia cesa, sin avisar. Solo un calculado silencio previene del siguiente momento en que la orquesta, poco a poco, desde abajo y desde dentro, expectante, abre despacio la puerta y… estalla la luz. Armonías brillantes, madera, cuerda y al final una explosión de metales que sacude el alma, reflejando los rayos de sol que atraviesan por fin el cielo, rasgando las nubes como un baño de miel luminosa.

Una lágrima recorre la mejilla del viejo. Sus manos, antes ágiles, vertiginosas, han dejado de hablar por él. Las imágenes en su cabeza, claras, cristalinas casi, se enlazan en líneas doradas que fluyen con elegancia pero no encuentran su camino. La música está con él, pero ahora sólo con él, y sufre en silencio el tormento de no poder contar más historias, aunque las conozca.”

Los últimos años de Maurice Ravel, afectado por una misteriosa enfermedad neuronal, fueron una pesadilla para el músico. Aunque perfectamente consciente de su condición, era incapaz de componer, incluso a veces de hablar con fluidez. Tras sus dos últimos conciertos, cualquier proyecto nuevo, incluso empezado, cayó en el pozo de su desesperada agonía mental. En diciembre de 1937, los médicos le sometieron a una operación desesperada, que no superaría con éxito. El mejor compositor de Francia moría cuatro días más tarde, tras varios años de sequía artística.

Nacido en 1875 en Ziburu, en el país vasco francés, Maurice Ravel vivió una vida completa y bastante feliz, rodeado de amigos y fieles admiradores. No todo fueron alegrías, por supuesto, y los últimos años ensombrecieron una vida llena de luces.

A caballo entre el impresionismo y el neoclasicismo, Ravel destaca por un estilo vivaz lleno de brillo, extremadamente personal, a ratos desordenado y ruidoso, extremadamente vital. Uno puede cerrar los ojos y ver la complejidad dentro de su cabeza, cómo la música fluye directamente de algún punto intermedio entre el corazón y las tripas.

De sus primeras obras maestras, en plena “Belle Époque”, destaca el ballet Daphne y Chloé, una de sus composiciones más sorprendentes por su capacidad evocativa, un verdadero golpe de efecto en lo que a música “fantástica” se refiere.

Daphne y Chloé (suite nº 2)

Este período, anterior a la Primera Guerra Mundial, fue mencionado por Ravel como el más feliz de su vida. El conflicto mundial, del que como tantos otros nunca se recuperó del todo, cambió de alguna manera su vida y su música. La muerte de su madre, ocurrida durante esos años fue otro duro golpe difícil de superar. Reuniendo varias ideas que trabajaba antes y durante la temida época, compuso Le Tombeau de Couperin, una serie de piezas de piano que dedicó a sus amigos muertos.

Desde antes de la guerra, Ravel acariciaba la idea de componer un valls, una pieza sinfónica con la que rendir homenaje a los grandes autores austríacos del estilo. Cuando puso la idea en papel, la música surgió de un modo algo distinto al que había planeado originalmente, más sombrío, un cuadro en el que la base del valls se estrella contra su propia naturaleza, del modo en que Europa se había colapsado entre humo y balas. El resultado fue su primera pieza maestra de la post-guerra: La Valse.

La Valse

Vendrían después Tzigane y el Bolero. La primera, una de mis favoritas personales, supone una monumental pieza para violín al modo de la música de los “zíngaros”. En ella, el virtuoso debe manejar un crisol de técnicas extremadamente complejas, sin renunciar un ápice a su esencia puramente musical.

Tzigane

El Bolero, una de sus obras más conocidas por el gran público, fue compuesta para Ida Rubinstein, famosa bailarina de la época y amiga del artista, que le había pedido una pieza de “aire español”. El monumental éxito de aquel trabajo nunca acabó de agradar a Ravel, que se quejaba de ser apreciado por una obra menor. Sin embargo, es buen ejemplo de la perfección orquestal de la que Ravel era capaz, siendo de hecho considerado uno de los mejores orquestadores de la historia por muchos contemporáneos (suyos y nuestros).

Sus últimas obras, los dos conciertos de piano que se estrenaron casi simultáneamente, suponen su práctica despedida del mundo de la composición. Sirva como muestra el Concierto en sol Mayor, una de sus últimas partituras, en la que la madurez y la experiencia no dejan de mantener la chispa y viveza de sus piezas de juventud.

Concierto en sol mayor

Como curiosidad, sus ideas musicales se han visto reflejadas mil veces en la composición de bandas sonoras, a veces de manera explícita y deliberada (Jerry Goldsmith, uno de los clásicos, trabajó en la música de Legend basándose claramente en el ballet Daphne y Chloé y reconociéndolo sin tapujos) y otras sin mediar palabra, como han hecho tantos otros comenzando por “San” John Williams (ya pondremos algún día verde a este tío jeta).

Al margen de todo lo demás, Maurice Ravel es un compositor cuya música me habla en lo más profundo. Solo espero haber sabido expresar por qué.

Saludos.

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1 Response to “Ravel: los últimos días del genio.”


  1. 1 crazycris 23 septiembre 2008 en 7:43 pm

    Miguel… vaya maravilla has hecho con esta entrada del blog! CHAPEAU mon ami!!!
    Buenísima idea la de hacer los links hacia las piezas de música de la que hablas para que los ignoramus que somos algunos de nosotros podamos apreciar mejor lo que nos cuentas.

    Félicitations!

    psssst! pero habría molado un link tb al Bolero! ;o)


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