Y a Canal Nou, de repente, le crecen dos pelotas

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6 de Noviembre de 2013, siete de la tarde, Canal Nou. En plató, varios tertulianos deciden, así, de pronto y por primera vez en décadas, hablar sin censura ni carnet, sin la mordaza medieval que se firma en el contrato desde el primer día. Directamente desde las tripas.

Y se acumulan en tropel mil situaciones imposibles en la historia de esta cadena: demoledora crítica al gobierno valenciano; cesión de la palabra a gente común sin preparación previa, filtro ni cortina; destrucción súbita del guión esmerilado y absurdo al que nos tienen acostumbrados; desgarradora honestidad de los periodistas en rueda de prensa e incluso una explosiva dosis de autocrítica. Hoy, en Canal Nou, se oyen por primera vez las voces de los valencianos.

Las marionetas se han quitado los hilos y se han convertido en personas, ante las que más de un gigante está sudando la gota gorda. Una imagen, sinceramente, bonita de ver: grandes rodales húmedos en los sobacos de una camisa de Dior, pagada con el dinero que previamente nos han sacado del bolsillo con una sonrisa golosa.

A lo largo de 24 años, este pozo negro de miseria audiovisual nos ha regalado pocos ratos memorables, convirtiéndose, al contrario, en una suerte de NO-DO garrulo al servicio del presidentillo de turno y su -siempre creciente- lechigada de babosos. Ha sido el ejemplo más gráfico de aquella demoledora descripción que alguien -sinceramente, no recuerdo quién- hizo una vez de Valencia: “un vagón de primera con gente de tercera”. Y traduciendo: la última tecnología, para fabricar basura. Canal Nou.

Hasta ahora, estas opiniones -moderadamente extendidas-, se han mantenido a un nivel personal y poco relevante porque nos da por pensar que, quizás, estamos despreciando el trabajo de profesionales que no tienen otra manera de sobrevivir. En corto, porque hay familias que dependen de este pequeño imperio bananero, y con eso no debemos jugar.

Pero se nos ha olvidado a todos que la Generalitat Valenciana, en realidad, es nuestra. Y esta falsa cautela, este “coneixement” de escalera inculcado con fervor desde arriba, se desvanece como el humo en cuanto se evidencia la facilidad con la que el frío aparato gubernamental destruye con un perezoso manotazo lo que, ayer mismo, decía defender con uñas y dientes. La hipocresía podrida de nuestros políticos, engordada con fervor desde esta televisión, ha caído sobre ella misma como un boomerang.

Y como resultado, esta tarde me inunda una sensación a caballo entre la indignación y la vergüenza ajena. Toda esta súbita explosión de fuerza de espíritu tiene un intenso tufo a justificación desesperada. Y me hace pensar que, si finalmente consigue su cometido, posiblemente no dure mucho.

Además, el fantasma de la manipulación sigue detrás de cada reportaje, apelando sin ninguna vergüenza al sentimentalismo más barato, tratando de hinchar el valor de aquello que durante este tiempo no ha olido a partidismo: deportes, fiestas… y ya. Y aquellos que claman que “cierran nuestra identidad”, que la miren de nuevo y piensen un poco lo que están diciendo. Porque si tanto nos importaba, la hemos cuidado bien poco.

Al final, y sin desmerecer la estrechez moral del gobierno, si estos profesionales y la propia ciudadanía valenciana hubiéramos tenido las pelotas de enfrentarnos, en su día, a los caciques de pueblo que dicen regirnos, si nos hubiéramos atrevido a plantarles cara para dictar nuestras propias condiciones y prioridades, hoy no estaríamos en esta situación. Me atrevo a decir que Canal Nou y la Comunitat serían un ejemplo mucho menos vergonzante.

Pero, hoy, el muro ha caído. Y aquellos que (sea cual fuere su justificación) han estado danzando alegremente al son del monstruo cabrón, apelan ahora al pueblo -al que han sangrado durante décadas- para pedir su ayuda.

Socorro, que me come el monstruo. Coño, no haberte puesto a bailar con él. Si le regalas tu bazooka no te quejes de que, al final, te dispare.

A la vista de esta extraña vuelta de tuerca, se me ocurren dos opciones: o dejamos caer este teatro de marionetas de una vez por todas, o lo reflotamos entre todos y tratamos de congelar, de algún modo, este espíritu repentino, valiente y crítico que, pese a todas las dudas, a un servidor lo ha dejado sin habla.

Y, como el que no arriesga no gana, voto por lo segundo.

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