Super-poderes bajo la falda

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Hoy, en la Sexta 3, han pasado unas cuantas películas de super-héroes. Superman, Batman y Catwoman.

De entrada he tenido siempre mis reservas ante la imagen del super-héroe, al margen de lo entretenidas que puedan ser sus historias. Y es porque en el trasfondo de todas ellas brilla la idea de que siempre habrá cosas frente a las que tú o yo no podemos hacer nada, y se hace necesario un personaje particular que nos proteja a todos. Una idea muy norteamericana: “sólo el elegido puede salvar al mundo”, y curiosamente nunca es nadie remotamente parecido a una persona normal. Nosotros somos los famosos “inocentes” que hay que proteger contra las fuerzas del mal, y más vale que no nos salgamos del tiesto porque podemos acabar mal parados. Todo muy conveniente.

Pero en este caso me ha llamado la atención, de un modo un tanto vergonzante, cómo se perfila este personaje cuando es mujer. Lamento profundamente que haya tan pocas representaciones cinematográficas de heroínas y que, además, sean tan lamentables como ésta. La verdad es que, en comparación con los héroes masculinos habituales (serios, desprendidos, movidos por un noble sentimiento de responsabilidad), el personaje de esta super-mujer está expertamente virado hacia la perfecta fémina-tentación-sexo-tíos-Eva-pecado-original. No tiene una motivación racional, sino puramente instintiva, es provocadora e irresponsable, deliciosamente imperfecta. Y es que, por lo visto, es mujer. Parece que el guión salga de un calculado matrimonio entre la iglesia católica y el Bershka. En las arcaicas representaciones de los géneros, el hombre representa el trabajo y el intelecto; la mujer es la fuerza de la naturaleza, y debe ser controlada.

Esta película, como tantas y tantas representaciones de la mujer en el cine y la televisión, imprime la idea de que ellas, por muchos super-poderes que tengan, no dejan de ser un objeto para el disfrute masculino, y así es como deben verse a sí mismas: siempre sexis, siempre estupendas. Y siempre poniendo en primer plano su “poder sexual” frente al hombre, como único arma real en la vida. Como si no pudieran pretender luchar con otro tipo de armas. No sé a vosotros, a mí me parece bastante lamentable, y si no fuera porque mucha gente se lo acaba “tomando al pie de la letra”, diría que es hasta cándidamente gracioso.

En algún momento de la revolución de los géneros que acompañó al final del siglo XIX y principios del XX, alguien logró que la idea se tornara en algo más controlable que la simple libertad individual. Hay que reconocer que es un golpe maestro: conseguir que las mujeres, tradicionales esclavas de la feminidad y el papel que la sociedad arcaica les otorgaba, pusieran su recién estrenada libertad de elección al servicio del mismo papel del que decían huir.

Y no nos engañemos, esclavos somos todos. Y todos de la misma manera (podríamos llamarla “esclavitud moderna” o “del siglo XXI”): nosotros mismos decidimos ser esclavos.

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