¿Qué tienes en la cabeza?

Cada vez que me preguntan esto pongo cara de pescao, que es esa cara que ponemos cuando no entendemos la pregunta. ¿Qué se yo lo que tengo en la cabeza? Pues cosas, un porrón de cosas apiladas por ahí sin orden ninguno. No, no tengo la cabeza bien amueblada que se suele decir. No tengo las ideas almacenadas en cajones, ni una libreta de opiniones fuertemente argumentadas, ni tampoco conservo un fichero alfabético de todos los reyes godos (aunque me suena un tal Chindasvinto, que alguien me confirme si de verdad era un rey o una marca de refresco).

¿Qué sabré yo? No sabría catalogar mis conocimientos de una manera concreta, y eso a veces me perturba un poco. Envidio a esos tipos que son capaces de extraer datos de su cabeza como si fueran gramolas. Pinchas un número y aparece un nombre. Soy un lector asiduo, lo reconozco, pero tengo tan poco método que igual estoy ojeando el Lobo Estepario de Hesse que los ingredientes del Donuts Bombón (lo recomiendo: el final es sorprendente).

Y me mosquea discutir con gente bien informada. Mi cerebro no es precisamente una gran autopista de información. Más bien sería una pequeña librería, con un señor bajito que se queda un minuto bizqueando hacia el cliente hasta que le dice con voz menuda: “creo que tengo lo que busca, déjeme ver…”. Y encima, como es bajito, le cuesta llegar a las estanterías de arriba que es donde está lo bueno. Para cuando encuentras el libro, la tienda hace tiempo que ha cerrado y los volúmenes vuelven a estar en perfecto desorden por el suelo. Y a quién leñes le apetece ponerse a ordenar a las dos de la mañana…

Mi celebro

Por eso, cuando me enfrento a un interlocutor bien pertrechado tras un fuerte muro de información, alguien que sabe que si lo intento sólo podré partirme la cabeza contra su enorme rompeolas, mi opción es salirme por la tangente. Llevarlo a mi terreno y que tenga que salir por la puerta del muro para buscarme, usando frases-proyectil del estilo “sí, sí… mucho Truffaut, pero por lo visto le olían los pies cosa mala.” No siempre funciona, pero oyes, por lo menos nos echamos unas risas.

De todas formas, debo decir que no es tan frecuente encontrar interlocutores de talla. Sí, seguro que en algunos ambientes la cosa será más sencilla, pero desgraciadamente no me muevo en círculos universitarios, ni culturales, ni en cafés de artistas ni bares de alterne, donde seguro encontraría a la flor y la nata de la intelectualidad autóctona. Conozco, en cambio, a mucha gente “normal”, como creo serlo yo, con nuestro paquetito de saber envuelto en albal, en la nevera, junto al ketchup (y probablemente ya cogiendo olor).

Esto, y otro montón de temas sin relación aparente, me han llevado a reflexionar sobre lo que tenemos en la cabeza. Un enorme cajón de sastre en el que no paran de entrar cosas, con el detalle de que ya no salen. ¿Pero cuánto cabe ahí dentro, por el amor de dios? ¿Se sabe de alguien a quien le haya reventado el cráneo por llenar demasiado la mochila? Y si ha ocurrido (que lo dudo, a no ser que el gobierno nos lo esté ocultando), ¿cuál sería la gota que desbordó el vaso? Un señor serio, bien vestido, pregunta por la calle: “perdón, ¿tiene hora?” // “Claro, son las doce y cuarto.” !Bum!, festival de sesos.

Ya, es poco probable, pero me vino a la cabeza (¿lo ves? Ahí está otra vez, la cabeza). Lo que sí creo es que cuidamos bien poco el contenido de nuestra mochila. No le damos (en general) la más mínima importancia. Si cada cosa que vemos, cada minuto que gastamos, se almacena de algún modo, dándole forma a nuestro subconsciente, moldeando nuestro carácter… pues no sé que decirte, la mitad debemos tener forma de trasero.

Porque, a ver, ¿en qué se va la mayor parte de nuestro tiempo? ¿En trabajar? Bueno, si tienes un trabajo intelectualmente exigente, pues bien por ti. Pero si, en cambio, es repetitivo hasta la saciedad y no supone el menor esfuerzo mental, tenemos cientos de horas que se almacenan por ahí sin más que ocupar espacio.

¿Y qué leemos? ¿Periódicos, revistas? ¿Algún listo leerá tebeos? Pues toda esa información, podemos también darla por empaquetada y guardada por ahí en algún sitio.

Y especialmente: ¿qué vemos / oímos? ¿Corazón? ¿Noticias? ¿Documentales en los que el león se llama Paco y la gacela Amparo? ¿Música de Bisbal / Rosa de España y parte de Portugal / regetón y otras fruslerías de moda?

Y en cuanto al cine: ¿películas sesudas de parejas se tiran dos horas y media intentando funcionar en la cama (o en la taquilla)? ¿Peliculones de acción cuyo guión dice, al final de cada página: “y de pronto revienta todo otra vez por los aires”? ¿Comedias románticas de las que acaban con un “Oh, sielos, debo llegar al aeropuerto para decirle por fin que la quiero, antes de que salga para Michigan”? ¡Que has tenido dos horas enteras para hacerlo, gandul de las narices!

Bueno, qué sé yo… Que igual exagero, pero sinceramente, me preocupa estar llenando mi cerebro con basura plastificada, ideas baratas de consumo rápido, habiendo como hay en el mundo un poco de todo. Que sí, hombre, que a todos nos apetece un poco de relax de vez en cuando, poder ver una peli desde el sofá sin tener que aprenderte los nombres de nadie, y observando con fascinación cómo explotaban en su día los atenienses.

Pero de vez en cuando habría que darle a nuestro mundo alguna delicatessen (entiéndase en el sentido más amplio posible), algún vasito de vino blanco, fresco y dulce, con el que limpiar el tapón que han dejado las hamburguesas.

Y a eso llamo yo ecología cerebral. A cuidar el medio ambiente, pero el el interior de uno. Y por el bien del mío propio, he decidido no volver a dejar pasar la oportunidad de recoger por aquí lo que pienso de las cosas. Es que, además, si no lo pongo en algún sitio al final se me olvida.

4 Responses to “Sobre el menda (ecologismo cerebral)”


  1. 1 crazycris 6 junio 2008 en 7:45 pm

    lo que queda claro es que no eres ningun cabezahueca! ;o)

    Eso que dices de falta de interlocutores… es algo que yo tb he notado aqui por ejemplo con respecto a la gente que frecuentaba en Lieja (Nadia, Kytho, Bernard, Céline etc…) que estaban muy interesados y bien informados sobre un una diversidad de temas espelnuzantes (políticas, sociales, medioambientales, literarios, cinematográficos, musicales etc) que a mi a veces me dejaban intimidada! La de noches que he pasado hasta las tantas con una copa de vino (u otra cosa peor al acabarse la botella de tinto), sentados en una terraza, el balcón de casa o en el salón, hablando de todo y nada, pero con mucho sentido y bastante humildad (yo) al comprobar lo implicados que se sentían con el mundo alrededor suyo.

    Por lo general tengo la sensación de vivir en una caverna, y tan solo de vez en cuando (y muchas veces tirada por las orejas por algún listillo) saco la cabeza para olisquear el mundo exterior. Desafortunadamente no siempre me agrada lo que descubro, el mundo den tro de mi cabeza es bastante más agradable…

  2. 2 el de siempre 11 junio 2008 en 3:56 pm

    ¿Espelnuzantes, Cris? ¿Eso es un gentilicio de Polonia? ¿Está cerca de Lech Poznan?

    Despistao, si ves que te falta nivel de conversación, pégame un toque (ya he vuelto) y volveremos a hablar de tetas y culos (como siempre).

  3. 3 elguionistadespistao 11 junio 2008 en 4:11 pm

    Leches, no sé por qué le habéis dado tanto bombo al comentario sobre el “nivel de conversación”, era solo un mardito comentario…
    Pero eso fijo, si hace falta hablar de tetas y culos, y si además lo hacemos con la precisa documentación sobre la mesa, qué carallo, ya pongo yo las birras!
    Saludos!

  4. 4 crazycris 12 junio 2008 en 8:10 pm

    espelnuzantes, ya no se… tenía la cabeza un poco en compota cuando me puse a escribir. No existe esa palabra? o es simple originalidad habitual mio en su uso? :p


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